martes, 24 de enero de 2012

Antes de comenzar




me hallé en Ítaca a un tejedor de ideas antes deshilachadas, al tejerlas se hacían posibles, esperanzadoras, cercanas y legendarias.  De noche entretejía zarapes y rebozos, no para mercar, sino de los que se escogen para el diario trajín.   
Lectora-en-travesía.


No a la profecía vislumbrada por uno para todos. Sí a las utopías que todos soñamos para todos.

Consigna altermundista.


« Tranquila. Tú a lo tuyo, nosotros a lo nuestro, y los demás a lo demás.» La red roja.

Un muerto, es una cosa, pero especialísima ¿Y dos?

Capítulos I al IV




                                    I

El timbre del teléfono repiqueteó con tal estridencia que desperté a pesar de que unos tapones de aerolínea protegían mi sueño.  Lancé un brazo para tocar a mi invitado ahora ausente, y el otro brazo hacia el aparato.  El mancebo que a tan sólo tres escasas horas me prometía no sólo un orgasmo sino cobijo y amparo, me había puesto el antifaz que ocultaría su vuelo.  Descolgué a pesar de que no eran ni las nueve de la madrugada esperando la cobarde disculpa por abandonarme.  Era Toña, vecina de mi otra morada. Si hubieran tocado a la puerta era posible que trajera cigarrillos y un kilo de café chiapaneco en grano. Las profecías nunca se cumplen, las utopías son posibles, pero hay que talonearle mucho, y mucho tiempo.  A menos que…  
–¡Pinche Toña! Estuve a punto de mentarte la madre al pensar que llamabas sólo para saludarme, ¿Qué…
–…te digo que Genaro está muerto. – La voz tipluda de Toña acabó por darse a entender, y estando en parte auténticamente sorprendida, ya estaba relajada como para contestarle. 
– ¡Qué mala onda! Sabía que pasaría cualquier día. – No escuché lo que dije, y si lo hice no lo entendí.  Ya se iba a morir en cualquier momento, o no.  Las coincidencias son las que me joden, y ésta era de las que a una le parte su madre.
– Pero no así. – ¿Qué sabía ella de las formas de morir? ¿Qué sabía yo? ¡Eso precisamente! ¿Qué sabía yo?
– No así, ¿Cómo?
– Muy raro, muy quiénsabecómo. – Su capacidad de matizar los detalles estaba en su peor momento. -  Por lo que más quieras, Bovary, ven pronto.  ¿Bovary…estás ahí?



II

-¿Ramón?

-¡Buen día! Pasajera Exclusiva. Mi cajuela es toda suya.

-¡Por favor! Me urge ir a Río Amazonas…Hoy no cargaré libros.

- Ramón va de volada por Usted a …¿a…?

- A Sani

- En no más de quince minutos si sigue estando adelante de donde se caen los aviones y algunas cuadras del basurero. 

Reflexionando sobre la manera de establecer las coordenadas de mi colonia olvidé interrumpir la comunicación, pero no cargar con dos refrescantes ladrillos de Boing de guayaba.  Ya iba en el asiento trasero y yo seguía sin respuesta peyorativa que valiera la pena,  para sacarme la espina le indiqué una ruta que esperaba él no conociera «En la calle ‘menos uno’ metete a la izquierda y te regresas una cuadra…aquí a la derecha…» «Es  sentido contrario, mira hay dos coches queriendo bajar» «En cuanto puedas, tú súbele,  Si va una en coche al centro, de mi barrio se sale por aquí» íbamos por donde se encuentra la Escuela Médico Militar, y Ramón no se recuperaba, seguía sin creer que acababa de salir de esa calle estrechita, que parece tobogán de balneario, con circulación en dos sentidos, y varios camiones estacionados a toda hora. «Por aquí, tú que eres un fregón manejando llegas a la extrema izquierda del peri, te evitas el enredijo de la lateral, y por la gasolinera, nos vamos para Polanco»  Así lo hizo, y de lejos vi el devastado microsistema de coladeras que dificultaba la entrada a la lateral del peri.  Ramón manejaba con orgullo, desde hacía algunos años, un coche de la Red de Taxistas ISI.  Igual que muchísima gente, los que formaban esta red se habían convencido de que al hablar de México la palabra Crisis se escribía con letras mayúsculas para significar que la enfermedad era crónica, permanente.  Las siglas indicaban que la red estaba constituida por taxistas Independientes, que no dejan de serlo; por taxistas contratados por Sitios registrados, a los que no les fallan; y por los llamados Indisciplinados, que son eso: todos comprometen sus horas de descanso voluntaria y llenos de entusiasmo.    
Los ojos rasgados y comprensivos de Ramón me auscultaban a momentos por el retrovisor.  Me había salido sin bañar y con la misma ropa apestosa de tres horas antes. El único toque de urbanidad eran mis calzoncitos limpios y nuevos, riquísimos.  No usar brasier se me estaba haciendo manía.  No fue sino hasta que encendí el tercer cigarrillo que dejé de darle vueltas a lo que significaba realmente la expresión « Muy raro, muy quiénsabecómo », la muerte misma de Genaro me trastornó.   ¡Idiota! No había pasado revista a las flamitas de la pinche estufa.  Lo pensé tan fuerte que Ramón en su bonhomía oriental pidió por radio pasaran con mi casera a confirmar que los pilotos estuviesen encendidos.  No tenía justificación alguna, salvo que ni una taza de cafeína fluía por mi hermoso cuerpo, cerebro incluido, para ayudarme a recorrer las arterias de la ciudad de México. 
Ramón aprovechó para retomar el seminario de iniciación al que tenía yo derecho en mi calidad de ‘Beneficiaria’, y él, la obligación de impartirlo como miembro fundador de la Red ISI.  No sería sino hasta después que me hablaría de la existencia de una telaraña que apoyaba causas de resistencia ciudadana cuyo tejido hiper clandestino se extendía intraRed.  Por lo pronto, le pedí posponer la plática para cuando no estuviese tan adormilada como iba.  Adivinando una sonrisa en su mirada una parte de mí trató de enlistar los pendientes del día.  Asuntillos tales como demostrarles a los de la Miguel Hidalgo que si bien yo no había gastado ni de chiste cinco veces más agua que los meses anteriores, ellos, en cambio, sí llevaban más de veinte seudo reparaciones de las coladeras y eso que se encuentran a sólo dos cuadras antes de Palmas; reaprovisionar mi alacena en los tianguis empezando por ajos y cebollas, ir al super sólo por lo que no encuentre en aquellos; disculparme con los vecinos por las sesiones nocturnas de ladridos a las que mi Hermione los somete a diario; regar y regañar a mi planta de eneldo para que se ramifique un poco más; y ver qué se puede hacer con el terrible abuso infantil que a diario, y por horas, tiene lugar cerca de mi apartamento; de mi negocio no me quejo más que de mí, las tres mesas ambulantes de libros-ya-leídos, tienen al frente chavas responsables serias e infatigables.  La otra parte de mi cerebro, la que está más llena de circunvoluciones, se puso a jugar a los apodos locales con Genaro, de inocente llego emocionadísima a contarle que en sólo cinco días vendimos 27 ejemplares de Madame Bovary la obra maestra de Flaubert, remato platicándole que mis colegas por unanimidad me aplicaron el nom de guerre,  el celoso de Genaro aseguró que yo misma conté que mi adolescencia opacaba, de calle, los caprichos y pecados de la antiheroína.  Y ahora, no había manera de cobrarle lo hocicón.  No se me daba la gana aceptar la muerte del Neocátaro, por más pinche viejito que estuviera.  Siempre estuvo anciano.  Presumía su ancianidad para seducir.  Lo hizo conmigo para que me fuera aficionando a él.  Al muy cachondo no le bastaba que fuese una vecina amable, fantaseaba con la idea de que fuese su enfermera acompañante.  Me quería para él solo y comprometida por un contrato.  Pero la libertad siempre es la libertad.  Sin dejar de hacer trampa aceptó que yo lo visitara cuando mis hormonas lo exigieran.  Y como ahora corro hacia él, corrí todas las veces que me necesitó.  Electra y pura como el agua de garrafón.
Por algún extraño fenómeno que se le escapa a mi hermoso cerebro de vendedora-de-libros-ya-leídos la globalización a la mexicana, vista por Ramón en su dimensión tránsito urbano, se expande, dice textualmente, a una velocidad inversamente proporcional al tiempo, más que eterno, que toma el traslado de un sitio a otro.  A mí, el hecho de que no se acabara el viajecito de San Isidro a Río Amazonas, me encabronaba.   

                                                                  III

De nada sirvió enseñarle al ISI boy el atajo, en cuanto pudo retomó la ruta que me permitiría contemplar la hermosura del Paseo de La Reforma globalizada por los cientos de vehículos que la transitan a la velocidad de Turibús, así hasta despuesito de Insurgentes donde regresó en U por la lateral, pasandito el edificio de la PGR. 
Mis propios laberintos me fueron durmiendo, los múltiples y dodecafónicos ruidos citadinos hicieron su contribución.  No supe si Ramón bajó o subió el volumen a las interminables excusas de las interminables guerras de invasión occidentales; las sinrazones de la vida artificialmente prolongada del obsoletísimo sistema financiero mundial; la extraña relación entre el número de cabezas humanas que enriquecían colecciones y la ausencia de reportes públicos del lavado de billones de dólares realizados por los bancos mundialmente competitivos. Su radioreceptor no captaba sus reflexiones, yo tampoco.
El empujoncito, arrancar la baba con el dorso, y ver el 74 a la entrada del edificio fue una sola sensación.  Al bajarme del coche alcé la vista para ofrecerle un guiño nostálgico al borde de la azotea donde se encontraban los cuartos de servicio que me sirvieron de hogar hasta que se les ocurrió convertirlo en pentjaus.  Me halagó ver que las plantas del jardincito que yo cultivé todavía colgaban altaneras coronando al edificio. Esta vez no habría de correr mil escalones arriba, esta vez me mantendría en tierra firme sin importar cuán húmedo, y a ras del suelo, estuviera el apartamento de Genaro.
Entre las dos columnas que franquean la entrada al edificio se encontraba in crecendo un grupo de personas cuyo centro de atención eran Flora, Fauna, y Primavera, tres de mis ex vecinas, que ante la evidencia de que yo ponía apodos de manera compulsiva, escogieron ser las haditas de Walt Disney.  Me pidieron respetar la decisión con la misma seriedad con la que firmamos un contrato privado donde ellas eran socias proveedoras de la liquidez de mi puesto de libros-ya-leídos.  ¡Qué hermosas eran! Lo eran con o sin alas de mosquito transmisor.  Un instante después abstraje con la mirada al muy potable Fiulinyeccion, parecía que todas queríamos con él, sacarlo de trabajar de esa gasolinera que se alimenta de carros por Río Lerma y que ya servidos los regresa a Río Rhin. Pero no sólo estoy hecha de ambrosía, pues también llamó particularmente mi atención, Dominga, la hechicera de sopes y toditillas, quien entraba y salía del motón como guiada por extraña danza.  La mayoría de las personas parecían provenir de los diversos restaurantitos, hoteles, y de los valiosos e indispensables negocios informales; mientras que otras tenían toda la pinta de ser empleados gubernamentales o pertenecer a empresas privadas de los edificios cercanos. Al verme Efe, Efe, y Pe, como las llamaba yo sin violar el acuerdo, corrieron hacia el coche para recibirme mostrando su pesadumbre, y combatiendo por lo bajo un cierto miedo. Mientras me besuqueaba con una, las otras dos se alternaban para soltar fragmentos de información con patética solemnidad, y ese miedo subyacente.  Entre lo no obvio me enteré que estaban llegando muchos de los que se encariñaron con el viejito durante las guardias del plantón que obstruyó por días el Paseo de la Reforma; que los agentes de la policía llegarían de un momento a otro; que Toña me esperaba en el apartamento de Genaro para decidir cómo velarlo, y lo demás.
- ¿A cuál de ustedes se le ocurrió la pendejada de llamar a la policía? ¿A ti? ¿A ti? ¡Pero si debe haber muerto de cansancio! – Las reprendí lo más maternalmente que pude.
-  Si lo hubieras visto no hablarías así. – me cuchicheó al oído una Flora más maternal que yo, y que nunca, su miedo me lo encajó en mi brazo izquierdo.
-  ¡Anda! Primero habla con Toña y nos ayudas en lugar de sermonear. – sin responder la abrecé y besé a la francesa.
- El que llamó a los tiras es ese que está ahí.  Se enteró cuando estaba desayunando en el puesto de Dominga, y da la casualidad que es empleado de la PGR.  Dice que si no aparece algún pariente los vecinos no vamos a poder velarlo ni mucho menos enterrarlo, que luego, luego se lo van a llevar.  
A punto de responder me paralizó la lengua el virus de la subjuntivitis que tanto menciona mi actual médico de cabecera.  Y muy a tiempo el tierno oriundo de Tapachula, alias Ramón, puso un termo frente a mi cara, el cual acabó cambiando mi foco de atención hacia el fugaz aroma de un café muy comercial de los hechos de plano sin amor.  Lo confirmé con los primeros sorbos, pero mi larga abstinencia sosegó la crítica.  Complacida fui sintiendo la renovación vibrar huesos para afuera.  Hasta entonces entendí que el taxista de los ojos negros y rasgados era el responsable de haber lanzado la convocatoria para que los brigadistas del plantón Zócalo – Reforma, veteranos en activo, se dieran un “volteón solidario” para suplir a los parientes ausentes. 
Tuve fuerzas para cumplir de nuevo con el ritual del beso antes de que la Toña sin explicaciones previas me ordenara pasar al baño, « ahí es donde se encuentra el cadáver», lo que había dado lugar, o parte de lo que había dado lugar, a que ella calificara su muerte de « …muy quiénsabecómo ».  Ella no lo notó, pero me turbé todita, y no le hice caso cuando me dijo « Tenemos que hablar, es urgente» Entré al apartamento hablando casi para mis adentros.  «Cada quien deja su cadáver donde puede ¿Qué tenía de raro que a tipos como Genaro se les ocurra dejar su propio cadáver en el baño? »




IV
Quise creer que su cristalina mirada de maniquí–hecho-a-mano me la dirigía a mí, y no al cielo raso y descarapelado.  Me arrodillé junto a la tina, le bajé los párpados y lloré desconsolada mientras se los mantenía abajo un buen rato, y seguí llorando al observar distorsionado por las lágrimas el arrugado cuerpo de mi amigo.  No pude evitar sentir sus manos temblorosas acariciándome de nuevo, como las veces que lo bañé aquí mismo, en contraste con lo artificial que se veía ahora con sus bracitos cruzados sobre el pecho. Miré la escena sintiendo lo contrario a un dejá-vu, lo inexistente entretejido a lo profundamente familiar.  Me atropellaron imágenes indeseadas de la última vez que había estado en este baño, frente a esta misma tina.  Casi perdí el conocimiento.  Sin embargo su expresión serena me dio fuerzas.  Por mi mente pasaron cientos de tinas cada una con su muerto respectivo y cada muerto con su respectiva manera de morir.  Desde mi padre que falleció justo al cumplir los ochentaiocho hasta el asesinato de Marat eran sucesos cotidianos.   
De reojo percibí pequeños cambios de luminosidad refractada por la capa lagrimal. Limpié apenas mis ojos. Sobre la cortina plástica se untaba la luz que escapaba de la mesita pegada a la tina.  La pantalla de cristales líquidos emitía incansables imágenes de Carla Bruni en sus veinte.  Teófila, era el nombre de la compu de sobaco del viejo, se protegía sin dejar de consentirlo.  Al tocarla cambió, pudorosa, las imágenes por un árbol de archivos.  El ruido zumbón que anegaba mi cabeza fue empujado y sustituido por…Aunque me haiga traicionado no lo puedo aborrecer… Si el ruido me era familiar La tequilera también lo era… me dicen la tequilera como si fuera de piiila alcancé a escuchar a la Pecanins.  Cantaba escondida en las intimidades de Teófila.  Me gusta esta idea de Genaro de ponerle nombre propio a algunas cosas, y junto a muchos otros, prefiero humanizar a las máquinas, que deshumanizar a la especie humana; y por supuesto prefiero la carne al metal. Ahí mismo descubrí el Motorola de tiempos del fraude electoral entre cremas y champús facilitadas de seguro por el saloncito de belleza de Toña.  Entre las muchas contradicciones que traía en mi cabecita la más reciente y necesitada de solución involucraba la aceptación de esta muerte como aceptaba las otras.    Sentí que la mano negra ganaba un poco más de terreno.  Tomé pues el M BR50 para revisar el último mensaje.  «Hola Masajes pídele a Teófila que te cante el último corrido» rezaba la frase que el viejo había enviado a su servidora que tantos masajes le dio en vida.  De manera casi automática borré el mensaje.  ¿Y mi celular? ¡Pendeja de mí! lo debo haber dejado en mi burocito, pensé, junto a Caroña’s Hotel lectura que reconcilia a una con el mundo. Si mi casera, o alguien más ¿quién? leyese el mensaje en mi cel le sería fácil suponer que Masajes soy yo, y que conozco - ¿quién más la conoce? - a la compañera Teófila suficientemente bien como para pedirle que le cante un corrido considerado como el último.  Tranquila, yo fui la única invitada al bautizo de la Toshiba, salvo que recordé lo comunicativo que se había vuelto el chico.  Estaba en esas de ponerme a revisar los mensajes enviados o recibidos restantes o cómo deshacerme del celular, de si, cuando Toña golpetea la puerta del baño como si se estuviera cagando o, más bien, como si ya lo hubiera hecho.
- ¡Llegó la policía! ¡Bovary! Están en la entrada hablando con Minerva, la del penjaus. - Dando un giro me dejé caer de nalgas contra el escusado.  
- ¡Voy!... ¡Diles que me esperen! ¡Y no me vuelvas a llamar Bovary!
- ¿Qué te esperen? Pero…¿Qué carajos estás haciendo, Isabel?  Dada la costumbre de los que vivimos solos de no ponerle el seguro a las puertas del interior de la casa, Toña no tuvo ningún obstáculo para verme la cara de tigresa santajuliana que debo haber puesto justo un yoctosegundo después de que metí el Motorola BR 50, no sobre como lo haría con una toallita sino, entre los labios de mi vulva los cuales siempre exigentes y selectivos impidieron la penetración. 
- ¡Ay! ¡Isa perdón, perdón! 
- ¡Te dije que voy! - Agradeciendo a los diseñadores del decenio pasado el tamañito y la topología ergonómicamente redondeada, y a Genaro su conservadurismo cachondo.
Fue entonces que Toña, de sopetón, me soltó que las haditas habían estado ‘jugando’ a ‘lo-que-hagas-Genaro-hacemos-las-tres’ hasta que el viejito se les murió, bajaron el cuerpo de Genaro y lo sentaron dentro de la tina ‘viendo’ hacia la puerta, y que así lo dejaron; que fue hasta después que la despertaron a ella, a Toña, para que valorará si habían hecho bien o no, si estaban fuera de peligro o no; que finalmente le pidió a Fauna le mostrara cómo lo habían dejado; como pudo me explicó que lo que encontraron era muy distinto de lo contado, tanto que de una Fauna que no paraba de hablar pasó a una Fauna enmudecida de terror.  En cada extremo de la tina se encontraba un cadáver. Uno era el de Genaro y el otro el de un desconocido.  Toña, que parecía haber memorizado las palabras que iba a usar conmigo, no se percató del impacto que estas me estaban causando.  Sin acabar de concentrarme entendí que Fauna la atosigó con eso de que ¡Un cadáver sí, pero dos no! ¡Dos no! ¡Dos no! Toña, igual de trastornada, la calmó cuando le pidió que trajera todas la toallas grandes que pudiera, para el momento en que regresó Toña empezaba a sacar al extraño de la tina, y que entre las dos habían subido el cadáver para esconderlo en el depa de Fauna.  No pudiendo aguantar más, se pusieron a dar aviso de la muerte del viejito, que de mí no se acordaron hasta poco antes de las nueve, que me rogaba rezara por ellas. 
Entré en estado hipnótico, desconecté a Teófila, y sin cerrarla, la llevé conmigo a la estancia llena de gente.  Los rancios aromas de la sala comedor de Genaro, cultivados por meses y años, se empezaban a diluir en aquella mezcla de individuales hedores.  Quería huir, desaparecer.  No sé si me logré mimetizar a tiempo o no, la cosa es que fui ignorada del todo por un pequeño cortejo guiado por la que debía ser Minerva que pasó junto a mí rumbo a la habitación más popular del piso.  El grupo fue dejando en su camino un poli aquí, otro allá, hasta quedar reducido a un agente policíaco, que parecía más agente que los otros, seguido por otro mucho más joven con cara de nerd necrófilo y sonrisa de médico forense, cuando estos dos hubieron entrado al baño, Minerva cerró por fuera y al parecer sin respirar regresó por donde había entrado. Me hubiera encantado haber podido contribuir a los olores que se empezaban a concentrar en el mal ventilado baño de Genaro, pero me consolé con el recuerdo de aquella memorable pregunta antibelicista “¿A qué huele el miedo, mi Teniente?”
Alrededor mío, sin contar a los policías, reconocí a parte de los que cuando llegué se amontonaban en la entrada, y que ahora ya se encontraban bien instalados en el suelo o en sillas y sillones.  Hablo principalmente de las empleadas del salón de Toña y los del Diario Oficial de la Federación.  Uno de ellos me cedió su lugar en un sillón, para a su vez acomodarse en el gordo brazo de éste.  Me senté con Teófila en las manos para observar cómo las circunstancias se iban haciendo cómplices, unas de otras, hasta lograr imponer un velorio donde los “dolientes” éramos puros ciudadanos solidarios.  Cero parientes.  ¿Estábamos celebrando un acto ilegal? Si no ilegal, si inexistente, había dicho el agente de agentes al salir del baño después de que una mujer cargada de azucenas quería ser la primera en dejar su ofrenda junto al muertito.  ¡Inexistente! Como declaran a las huelgas más auténticas.  Querían ignorar el velorio como lo hacen con los molestos movimientos sociales antes de reprimirlos.  Se corrió la frase insultante «Ustedes no cuentan. Si no hay parientes nos llevamos el cadáver a la morgue» La respuesta tomó vida propia « ¡Yo soy pariente! ¡Todos somos parientes!»  Esta pequeña rebanada de sociedad civil ejercía sus derechos naturales velando a uno de sus muertos mientras que las autoridades responsables no contaban con la presencia de ningún pariente del occiso para identificarlo.  Lo único que sabían lo sabían por los vecinos, mis fieles amigas.  Lo que procedía era trasladar el cadáver al anfiteatro, pero no se atrevían ni siquiera a sacarlo de la tina.  La tensión disminuyó hasta alcanzar lo que parecía ser un estado estacionario.  Sólo lo parecía. 



Capítulos V al VII




V
Pasaron las horas.  Me quedaba claro que a las cuatro testigos las habían apañado, y mis miedos egoístas respaldaron mi decisión de jugar perfil bajo, tan bajo como la necesidad de borrar rastros me lo permitiera. Al lado de la puerta del baño, protegida por los polis, la gente hacía guardias cada quince minutos. Unos discutían sobre la inexistencia de partidos políticos confiables; otros sobre la necesidad de combatir la sobresaturación de camionetas negras en la ciudad, en especial las que llevan pasajeros en posición de echarse un pedo atorado; temas trillados desde los primeros años de la segunda década; muchos presumían de los servicios y mandados que realizaban para el viejito paralítico.  Muy cerca de mí, unas señoras rezaban en voz bajita, pero esperando que los demás nos fuéramos incorporando. 
Sintiendo que por lo pronto la situación estaba bajo control solidario bajé la mirada hacia los protectores de pantalla que espanté con un roce sobre el tablero para seleccionar del escritorio el explorador de archivos.  Abrí Mi Música para buscar entre los foldercitos aquel cuyo nombre se asemejara de alguna manera a lo que el viejo quería que yo escuchara.  Me llevaría años, y estaba idiota si pensaba que podría llevarme a Teófila así nomás porque sí.  No, presentía que Genaro había guardado los archivos en algo más fácil de cargar.  Tratando de reconstruir el aspecto que normalmente tenía esa estancia, cuando no estaba congestionada por aquella humanidad, saltó a mi mente el ahora invisible rinconcito de los cédés.  Apreté el botón que cancelaba todo sonido, apagué y cerré la compu para deslizarla luego debajo del sofá esperando que el aspecto andrajoso de éste desalentara, o retrasara por el mayor tiempo posible, algún registro del mueble.  Me levanté, y ante el mundo de velas y veladoras, rápidamente me hice una cola de caballo que terminé descansándola sobre mi hombro derecho.  Segura ya de que mi cabellera estaba a salvo me abrí paso entre los potenciales incendiarios alisándola con ambas manos hasta quedar justo al lado de mi objetivo.  Me senté en el suelo junto al único hueco disponible para quedar en una postura ideal para actuar como una virtuosa del arpa.  Y como tal, rasguñé las cajitas de cédés tratando de detectar lo inusual. Al sentir sobrecitos delgados y flexibles confirmé mi hallazgo con la transparencia de los mismos.  Eran entre seis o siete cédés cada uno dentro de su bolsa transparente. Supe que eran esos antes de leer ‘Masajes’, simplemente lo supe.  Y al tenerlos en mis manos supe, también, que no podría llevármelos dada la cantidad de testigos que había por metro cuadrado.  Pensando qué hacer se me ocurrió tomar al azahar otros y juguetear con todo el conjunto.  Fue cuando sentí que en uno de los sobres, además de un disco, había un pequeño objeto. Lo saqué deslizándolo suave pero firmemente.  Fingí interés en la portada de la caja con los cuatro cédés de la ópera Tristán e Isolda, mientras palpaba una y otra vez la piececita hasta que adiviné que era un Kingston de cuatro gigabaits.  Era rojo, como imaginaba que estaría mi hermoso clítoris a esas alturas del partido.  Me lo metí a la boca como caramelo barato sin problema.  No sé si alguien me vio o no, pero no estaba de más las prevenciones.  Si me agarraban me encontrarían encima la ópera de Wagner; los cédés con las grabaciones tenía que esconderlas para recogerlas después.  Me levanté fingiendo cansancio y presumí, sin fingir, mi duelo por Genaro; di algunos pasos en la sala; me metí a la recámara y lo más rápidamente que pude saqué los cuatro de su caja y coloqué a Tristán pegadito a mi ombligo y a Isolda sobre su amante.  De paso encajé uno de los cédés grabados por Genaro en el ángulo recto que componía el marco de la puerta y el zócalo quedando visible apenas un cuarto o menos de su área.  Encendí un bien ganado cigarrillo y con toda calma me alejé del dormitorio rumbo a la cocina con la intención de que otro de los dichosos disquitos acompañara a las cucarachas que residían en el horno de la estufa, pero terminé dejándolo caer atrás de la misma para no estorbar la elaboración de café de olla que iba reforzando la consolidación del velorio libertario.  De regreso a la sala babosié un rato mientras sin piedad consumía la colilla hasta un milímetro del filtro.  Las babas eran producto de la lucha sorda que se traía mi lengua con el inerme Kingston.  Y ni rastros de las haditas y la bruja buena. Este era un buen momento para retirarme, aunado a que cada vez estaba más aterrada.  Pensé que nadie me extrañaría – traidora bruja perversa - pues no era protagonista en el hallazgo del cadáver, ni era coinquilina preocupada ni nada… por el momento.  Sabía que podía irme una vez que devolviera tres de los susodichos cédés al rinconcito musical de Genaro.  Para hacerlo aprovecharía la siguiente vuelta al rosario, y lo haría de manera obvia y lo más natural que pudiese.  Que fue muy poco.


VI
Al cuarto para las dos, todo sincronizado: Terminando el Ave María los polis empezaron a madrear gente; Quedé inmóvil al caerme encima dos personas; La puerta del baño se abrió de golpe, salieron cuatro hombres cargando el cuerpo de Genaro ayudándose de sábanas y toallas.  Golpear primero, y amenazar después, probó ser el procedimiento más eficaz.  Cuando la gente reaccionó ya le habían roto la mandíbula a un muchacho, abierto la frente a una señora, cuatro o cinco más se revolcaban en el piso, y los ladrones de cosa-antes-persona-conforme-a-derecho llevaban varios minutos que habían abandonado el apartamento. 
Después me enteré de que la del pentjaus gritaba en la calle que el cadáver tenía apestado todo el edificio, que denunciaría a los funcionarios responsables con su diputado del Verde y que era mejor que se lo llevaran.  Y se lo llevaron, a la morgue o como chingaos se llame.  Los pocos TISI que hacían rondas decidieron no oponerse a la operación policiaca sino servir mejor para trasladar a los heridos lo más pronto posible antes de que las patrullas y las cruces se los apañaran.  En minutos la escena estaba huérfana de occiso y de heridos.  A los ladrones de cadáveres-de-conforme-a-derecho les convenía ‘por procedimiento’ tener el cuerpo en su poder, a la parte represora le convenía cero rastros de nuevos muertos o heridos ¿Heridos? ¿Cuáles heridos?

VII
Así pues, la situación quedó disparejamente pareja.  Ellos retendrían el cuerpo de Genaro hasta que algún familiar apareciese para reconocerlo y reclamar el cuerpo legalmente.  En la tele las orgullosamente duopólicas televisoras lanzaron al aire extraños mensajes Sin vida no hay secuestroLo que no tiene alma o es cosa inanimada o es algo desalmadoPor seguridad del público televidente cosas no reclamadas por las personas legalmente responsables serán requisadas por el Gobierno Federal…así sin detalle ni contexto.  La acción de resistencia inmediata incluía mantener acosado el lugar de retención del cadáver; atender a los heridos y; por supuesto, habría que encontrar a un pariente, y pronto, antes de que el Estado fallido fallase a favor de enterrarlo en la fosa común.  Notificando por todos los medios posibles algún familiar se enteraría.  La otra vía era la búsqueda directa. Para lo cual alguien tendría que abocarse a ello.  Yo era la indicada dados mi situación y estado de ánimo.      
De los polis que regresaron al apartamento ni me preocupé.  Por suerte estaban más interesados en sopesar lo que valía la pena robarse de lo que no quedó registrado en la serie de fotografías que el delicioso muchachito había tomado de la escena ¿del crimen?  Para abandonar con decoro el lugar traté de poner cara de compungida ante el fingido aburrimiento profesional de los chicos del orden.  Sentir sobre mis nalgas la presión de una mirada me detuvo en seco.  Antes de recordar la presencia del agente policíaco, su voz ronca me garantizaba al oído que no decomisaría lo que me había robado. Al girar mi cabeza hacia la izquierda un extraño aliento de no-fumador-con-dientes-sin-lavar acompañó la frase:
–…siempre y cuando acepte que le haga algunas preguntas para redondear mi informe. – su manaza sobó más que apretó mi mano que cargaba los tres cédés que debí regresar a su lugar.
– ¡Tenga! Yo no me he robado nada.  Los traía en mis manos para no fumar…tan seguido. – Mi buena suerte alcanzó un máximo y empezó a descender.  
– Me refiero a lo que trae metido por algún lado, ricura. 
– Ya que me descubrió – le susurré al tiempo que velaba con humo su cara para ocultar mi felicidad por haber previsto que esto sucedería –…prefiero que me incaute lo que me robé…pero en privado…aquí junto hay un hotel. 
– Mira, corazón, ahora no puedo llevarte a ningún hotel…así que llévate lo que quieras y después me recompensas, ¿oquey?
– No, mejor ahora. – Lo reté, elucubrando si DG lo aceptaría en su jotel tropical – Para quedar de una vez a mano regístreme…en el baño ahora que ya no está el muertito.  It`s now or never.



Capítulos VIII al XI




VIII
Así fue como me lo llevé al río, digo, al baño; Aceptó entusiasmado que le bajara los pantalones y calzones hasta el piso, donde los mantuve bajados con un pie; tomando al Efímero de las manos lo senté en el escusado; se las guié hacia mis senos que apenas rozó; las empujé abdomen abajo y con un movimiento brusco le acomodé una mano en cada par de cédés; los apretó con fuerza sin soñar siquiera en la existencia y paradero del Motorola.  Me alejé del escurrido olor a hipoclorito despacito, despacito.

                                                                             IX
Al salir del edificio maldije al no poder pedirle aventón a mi taxista favorito, Ramón Chan, quien me acarició detrás de la oreja deslizando el borde de mi NOKIA 3x-02 hasta mi mentón indicándome que eran las dos y treintaicuatro, y que lo esperara en ese mismo punto de la banqueta no más de tres minutos.  Con su destreza característica colocó en ese tiempo el coche frente a mí gracias a una espectacular reversa que trazó una curva, que él llamaría ángulo-cuyo-seno-de-teta-es-pi, desde la esquina de Reforma, donde a la salida del sol volvería a estar el puesto de Dominga.
El piropo que le dirigí tuvo la triple virtud de enorgullecer al chofer, de que éste se hiciese decentísimamente el pendejo cuando rescaté el Motorola BR 50 de lo más íntimo de mi alma, y de que aceptase con compañerismo altermundista destruirlo y dejarme sola con mis pensamientos durante casi todo el recorrido de regreso a mi rincón.
Si transcurrió toda una vida entre Río Amazonas y San Isidro no lo supe.  Por ahora me había salvado.  No sabía nada de mis amigas.  No sabía qué habían hecho con el ‘otro’ cadáver.  ¿Las interrogaron como testigos o como culpables? ¿de qué? ¿Ya habrían confesado todo? el no saber nada de nada mantenía mi pánico en estado puro.  Definitivamente era una bomba que estallaría de un momento a otro, sería injusto que algo les pasara a las atrabancadas, y por paranoia, o lo que sea, yo me sentía el hermoso y próximo objetivo a destruir…Pero, hablando de justicia, me dije, que se haga justicia, pero a su debido tiempo.  
Hasta mucho después supe que mis sueños se hacían realidad con una hora y diecisiete minutos de retraso con respecto a la aparición de notitas en la sección dedicada a darle voz a los lectores de diversos periódicos. 
El pasado 25 de … del año en curso fue hallado el cuerpo de una persona del sexo masculino muy querido por sus vecinos en su domicilio sito número 74 interior 100 de la calle Río Amazonas entre Avenida Reforma y Río Lerma en el centro de esta ciudad.  Sus amigos y allegados queremos manifestar que con el autoritario pretexto de la ausencia de parientes el cuerpo ha sido arrancado de los brazos de quienes lo velábamos.  ¡Atención! te invitamos al velorio, recalentado y pacífico, que desde este momento se está efectuando enfrente de la pésimamente administrada morgue.  Ya amenazan con sepultarlo en una fosa común en el panteón municipal de esta ciudad por no ser reclamado de acuerdo a derecho.   ¡Todos somos parientes!  ¡Respeto a nuestro muertito, y a nuestro duelo! Declaramos y exigimos Los Dolientes.   
Que no se hiciera mención de la retención de las testigos oculares, obedecía a la insoslayable necesidad de no involucrar en el movimiento a nadie que no lo hiciese por su voluntad.  De la misma manera que Los Dolientes protegían a las haditas, así ellas me protegían evitando involucrarme en algo que no participé.  Como mi madre dice ¡la solidaridad va impregnada de ética o no es solidaridad!  Y del “otro” cadáver nada.  No había sido hallado todavía, o no se quería mencionar nada, las cuentas de muertos en este país estaban muy abultadas y seguían creciendo, ya fuera por la razón que fuera, accidentes, brotes virulentos, ejecuciones, daños colaterales, etece, por lo que las muertes que se pudieran ocultar se ocultaban, el INEGI tenía separados las cifras correspondientes a defunciones, de la de los desaparecidos desde los años sesenta y setenta.  Hablando de no-aparecidos.
La desaparición de mi Ex fue notoria y conocida por todos en San Isidro, digo desaparición porque no sólo se salió de la casa, sino que desapareció para mí, para sus cuates, para sus quelites, pa’ todos morochos.  Los nuevos dueños me sacaron de la casa sin decir agua va, y sin que el pendejo se apareciera. Me fui para la azotea en Río Amazonas donde conocí a Genaro. Y cuando me corrieron también de ahí, en lugar de buscar en cualquier parte, renté en Sani un depar minúsculo para mi uso exclusivo.  ¿Qué le voy a hacer? Soy una mujer de barrio.  Lo soy por propia decisión, por supuesto que también por necesidad de techo y cama.  Mi barrio, pudiendo ser barriada de otro más grande no lo es.  No hay terrenos hacia dónde lo dejen crecer; se puede transformar así mismo, pero no extenderse.  Figurativamente hablando, se encuentra como bebé en eterno parto en las orillas fronterizas del Distrito Federal.  A San Isidro lo expulsaron dos matrices con vergüenza y dejadez.  De un lado Las Lomas de Chapultepec, de otro terrenos de la SEDENA incluyendo una zona habitacional para familias de militares.  Siguiendo con los desfiguros literarios tanto las Lomas como los militares aventaron su pedazo de criatura a la barranca que tenían al lado.  Cada una le dio la espalda sin percatarse de que podría sobrevivir.  Eso fue hace más de diez lustros, o sea que yo todavía ni nacía.   Ahora, y desde hace mucho, las familias de las Lomas que viven en los enormes edificios de Avenida de las Palmas observan, a lo lejos, a las familias de los oficiales militares quienes con similar curiosidad divisan los ventanales y helipuertos de aquellas. Puesto que para abajo no saben mirar casi no ven a las eclécticas azoteas de San Isidro cuyas casas se encuentran enclavadas en una rajadura o barranquilla varias decenas de metros abajo del nivel de observación horizontal de las mentadas lomas.  La ingeniería militar se las arregló para proteger mecánica y, no sé si, sustentablemente, el talud o cantil que cae casi en vertical desde sus terrenos hasta una de las tres calles paralelas que componen el fraccionamiento rectangular y que remontando una pendiente de treinta grados de Este a Oeste conectan a la vía lenta llamada ‘Periférico’, que nunca llegó a serlo, con uno de los poquísimos accesos a las zonas residenciales de Tecamachalco ya del Estado de México.  Al sur las limita, y todavía en las tierras bajas de la barranca, un parque público cuyos jardines son habitados por mil árboles, siempre erectos pues odian sentarse en las pinchísimas placas de cemento que, faltas de respaldo cómodo y decente, ni a bancas llegan.  Los jóvenes, y no tan jóvenes, gozan de campo de futbol de tierra, y todas las familias padecen un enorme y apestoso tiradero de basura, apodado eufemísticamente “Unidad de Transferencia…”.  Como Manhattan, ortogonalmente a estas tres calles, el popular e incómodo rectángulo fue fraccionado en dieciséis o diecisiete callecitas que las cruzan de Sur a Norte.  Como todos los barrios de la ciudad el barrio de San Isidro se va desarrollando gracias a la inventiva solidaria que no le pide nada a lo mercantil chafa.  Una buena cantidad de casas han abierto sus salas para ofrecer toda clase de diversas comidas corridas para los empleados de avenida Palmas. Los negocios tradicionales como tapicerías, cerrajerías, zapaterías remendonas, sastres, misceláneas que ofrecen perfumes a $85 y estanquillos, tintorerías, y farmacias con botanas chatarra, fonditas, conviven y son complementados por servicios de Internet a $3.00 los quince minutos, saloncitos para clases de baile, yoga y Tai-Chi. Por esto, y más cosas, el barrio de San Isidro es, y no es, como los otros.
Mi marido vivió aquí casi toda su vida de chavo, con sus padres según esto muy feliz.  Después lo escogí, me lo cogí, y me casé con él.  Ya no fue tan feliz, más bien nada.  Yo menos. Le fui teniendo miedo con el tiempo, ya casi no recuerdo su cara, y aún le tengo miedo.  No a él, sino a él conmigo, a nosotros, a lo que nos hicimos después de lo de la colonia, por eso y por todo le oculté lo del bebé, que si no…  Me da terror todo eso, tanto como al estar aislada, encerrada, enterrada viva, mis pesadillas recurrentes y alejadas de mi aquí y ahora.  Las mujeres somos miedosas.  La especie humana es una especie miedosa.  “Sólo que un género es más miedoso que el otro”, frases de esta índole aventuran de época en época algunos del género mascul.  Él solía decirlo de manera ambigua, en ocasiones claramente en doble sentido.  Tranquila mirándolo directamente a los ojos, el no veía a nadie a los ojos, le contestaba «sólo los machos se hinchan y esponjan cuando se asustan.»  No sé si entendió, pero dejó de importarme tanto.   Sé que voy a superar esto.  La lucha de todos, todos los días, es más importante.  Estoy convencida de que la especie necesita que sus individuos sean, y de hecho lo son, capaces de tener miedo al desastre de muchos, al desastre de largo alcance, es un miedo que vigila la vida y rechaza la muerte de la especie humana toda; mas también estamos dotados, por necesidad, de miedo al daño individual, a lo que puede afectarme a mí y, acaso, al de junto.   El miedo que nos hace recular.  El miedo que nos hace atacar.  Reculo de miedo.  Ataco por miedo.  Meados de miedo.  Intensidades del mismo miedo para preservar la especie.  Maupassant, en su cuento El Miedo, repitió dos veces en menos de tres párrafos «Con lo sobrenatural, el verdadero miedo ha desaparecido de la tierra, porque se tiene verdaderamente miedo sólo de lo que no se comprende.» «El repitió: «No se tiene verdaderamente miedo mas que de lo que no se comprende.»» No en vano es una de «Las Nueve Caras del Corazón» libro de Anita Nair que leí antes de venderlo en Tlaltelolco.  Disfruté del relato de aquella velada donde Maupassant departe con Flaubert y Tourguenev.  De este ruso se dice que fue un magnifico escritor, yo no he leído nada de su obra, cuando lo llegue a hacer espero vencer mi prejuicio de que hubo un tiempo que no fue muy conocedor de la mujer realmente existente, me atengo a lo que Maupassant mismo cuenta, según él, el joven Tourguenev (¿Qué tan joven?) se aterró al no reconocer en aquel ser espantoso a una mujer a centímetros de su cara por nunca haber vistos tetas tan enormes y envejecidas, acompañada de aquella cabellera tan enmarañada. ¡Carajo! cada vez me escucho más librezca, en fin, una cosa es el modelo ideal de mujer, y otra las variopintas variedades de mujer, tal cual somos, alejadísimas de ser ángeles o demonios.   


X
Después de tallar y restregar mi tersa piel bajo la regadera por cerca de una hora, sin olvidar al viejo me sentí deliciosamente fresca.  Descalza, de cuerpo entero, me deslicé dentro de una bata de toalla gorda, y dado que el reloj marcaba cuatro minutos antes de la una de la tarde, tenía dos opciones para cumplir con mis costumbres atávicas, si quería un desayuno ligero disponía tan sólo de esos cuatro minutos, puesto que los cánones personales dictaban que a partir de la una de la tarde estaba obligada a cocinar en toda la forma.  Puesto que lo que se me antojaba más era lo primero de inmediato saqué del refrigerador un paquete compuesto de arrugadas películas plásticas de dudosa apariencia que envolvían dos rebanadas de jamón de pavo, y una salchicha de algo.  Me las comí sin aderezos, antes de cerrar el refri, ayudada por traguitos de yogurt con bolitas.  Imaginé a la masita a punto de abandonar el esófago rumbo a lo más oscuro y ácido de mi ser.  Reforcé mi juramento pro-tianguis.  En los dos minutos y medio que me quedaban confeccioné mi coctel favorito.  Agregué con indulgencia muchísimo limón y chile piquín al enorme coctel de charales, chapulines, pepino, y jícama que rebozaba mi enorme tazón chino de China. Y ¡Voilà! Aún faltaban once segundos para las trece horas.  Detrás de los libros de ciencia ficción de la colección Minotauro saqué dos de los cuatro litros de Boing de Guayaba que había escondido para casos de urgencia como éste.  Me harté de la incómoda bata gorda como debió haber hecho Flaubert ante la observación que le hizo George Sand «…Usted vive en bata, la gran enemiga de la libertad y de la acción» y cubrí la zona sur de mi desnudez con un chorcito sexy, y la norte con sudadera inmensa de Georgetown que confisqué en un pasado impreciso. Me faltaba algo para quedar completamente cómoda. Jalé y sostuve con mucha delicadeza la lámina de cartón que soportaba el mantelito 19 por 19 territorio que para ese entonces estaba más que invadido por las piedrecillas negras y blancas que contendían a la manera Wei Chi.  Lo coloqué en el piso y, después de observar las áreas, por pura intuición coloqué tres elementos de cada lado, favoreciendo, por supuesto, a las negras. Pronto perdí la atención.  No estaba para estrategias ni para construir áreas de influencia.  
Estaba inquieta y sabía que no sería nada fácil restablecer mi equilibrio. Encendí el equipo de música Pioneer, lo acaricié donde más le gustaba, ronroneó y me felicité por mi asiduidad al ver los cinco espacios de la charola vacíos y disponibles.  Seguía atrapada. ¡Qué fastidio! Me asaltó el remordimiento por la entrega premeditada de la ópera de Wagner a la policía.  Pero lo que necesitaba en esos momentos se encontraba en mi propia colección de la cual seleccioné la Misa de Requiem de Mozart, y para hacerle tributo al Ateo-versión-Neocátara qué mejor que Un Requiem Alemán del arreligioso, antisocial y edípico Brahms.  Coloqué los cuatro cédés en el orden indicado y volví a provocar el ronroneo.  Me arrellané en mi sillón disponiéndome a escuchar los réquiems de un jalón.  Y de otro, y de otro.  Mi tristeza y melancolía iban y venían aleteando como vampiros entre el ocaso y los primeros suspiros del alba.  Venían no sólo de ese día, por la muerte de mi amigo, sino de un día antes de ese de maratones sexuales, y de más días antes de esos de desamores perfectos; se iban porque estaba intensamente viva, porque la cosa no es tan seria, porque nuestra existencia es accidental a más no poder. Tan accidental como el hecho de que el grito «…tamales calientitos. Lleve sus ricos y sabrosos tamales oaxaqueños…» de las calles de San Isidro se montara obscenamente, sin opacarlo, al «Freude und Wonne…» que yo escuchaba. Y en contradicción, la cosa era como para morirse de risa, lo mismo exactamente sucedió semanas antes durante el curso que tomaba en La Casa Lamm, en la colonia Roma, escuchábamos Ein deutsches Requiem de Brahms cuando el mismo intruso o mejor todavía la mismísima voz intrusa «…tamales calientitos. Lleve sus ricos y sabrosos tamales oaxaqueños…» irrumpió de manera irremediable en el bellísimo salón.  Coincidencia accidental o lo que fuera me dio un respiro sentimental que prolongué al salirme a perseguir al tamalero después de deshacer el nudo que permitió a la Georgetown caer como telón hasta mis tobillos.  Lo pesqué pasando la verdulería.   Me comí un tamal mientras despachaba a otros clientes, y sólo hasta que me entregaba el paquetito con otros cuatro tamales verdes me “confesó” que alguien, un amigo del amigo del cuñado de su patrón les había pasado una grabación pirata del “…tamales calientitos. Lleve sus ricos y sabrosos tamales oaxaqueños…”, que nunca había oído hablar de “La Casa esa” y que lo que sí sabía, porque se discutió en las clases de historia durante el plantón de Reforma, era que Álvaro Obregón era un ojete.  Un segundo tamal constituyó la cena del sábado y el cierre de la primera etapa de mi duelo.

                                                                         XI
A las siete de la mañana las campanadas de San Isidro me obligaron a leer un mensaje recibido nueve minutos antes: « Tranquila. Tú a lo tuyo, nosotros a lo nuestro, y los demás a lo demás.»  Me volví a dormir con una sonrisa que me duró hasta que me despertó la señora Cecilia que me traía el mandado después de levantar su puesto de tlacoyos y tortillas ¡de masa de nixtamal hechas a mano! del mercadito que se pone junto al parquecito, o sea que eran como las tres de la tarde.  ¡Nop! En el cel marcaban las 15:28. 
Reacomodé cosas de la alacena al refri y de éste a la sección de congelados, me deleité con un tlacoyo a la Medici escogiendo algo nuevo y exótico de Hunan esquina con Sichuan del sexto libro canónico de la antigua China.   Dado lo poco aprovisionada que estaba mi alacena me pasé a la contraesquina para escoger un platillo Chengdu…Pato ahumado con té, paso sin ver…Riñones picosos aunque agrios, pues tampoco empezando por los riñones, entonces…   Entonces sonó el teléfono con la tonada propia de los vecinos de Sani.  «Un pinche tira está a punto de tocar a tu puerta. Tienes tiempo.  Lo obligamos a dar otra vuelta a la manzana.  Por cierto, no me has pagado los tacos de carnitas del sábado antepasado» Le agradecí el aviso al Bofes, y le encargué tres riñones sobrantes de no más de treinta y cinco horas.  Abandoné el trajín hogareño, y esperé.  No fue sino al tercer, y más prolongado, timbrazo que me digné abrir.  El agente de agentes, el incautador de cadáveres huérfanos, el que apenitas y las manitas metió, ese, llamaba a mi puerta.  Venía a por más.  Sus ojos me confesaron que sí, que en primer lugar a eso venía, y se desarmó solito sin que se lo pidiera.  Si sus labios se abrieron fue para decirme que era Teniente, que se apellidaba Torralba, TeTo, ¡Teto! que lo perdonara por lo de la otra vez, que él no era así, que… qué difícil era estacionarse por aquí donde vive Señorita Bovary, aún y en domingo.  ¡Qué lindo! No tenía remedio.  Dócil, se dejó guiar por mi sonrisa hasta el sofá. Le tomé de las manos el tiempo suficiente para estimar su presión arterial.  No acababa de acomodarse cuando yo ya lo esperaba sentada en el piso a un metro y medio de distancia.  Su desilusión se vio interrumpida por el aterrizaje abrupto que la Hermy hizo para ganar dos de los tres cojines.  Con su eficiencia acostumbrada lo olfateó de pe a pa regresando una y otra vez a su sobaco izquierdo donde de seguro tenía alguna arma.  Ladró.  La conciencia del Teniente Torralba interpretó la aprobación como una amenaza y se levantó de golpe.  
- Pero, siéntese Teniente, la Hermy no le va hacer nada mientras usted no me haga nada a mí.  Ni siquiera le he aclarado que mi nombre no es Bovary…
- Me voy, señorita…? - … - Veo que interrumpí su comida…o su cena. Sólo venía a confirmar que usted no anda involucrada con esos revoltosos.  
- Primero, Bovary es un apodo de mal gusto.  Segundo, Mi único alimento del día, aunque no tengo raíz de jengibre.  Tercero, ¿De qué revoltosos me está usted hablando?
 - De los que han estado asediando las oficinas de la morgue.  Bueno, me voy. 
- ¿Y?
 - Olvídelo, la verdad es que estoy muy confundido porque no sé cómo interpretar el que me hayan sacado de la lucha contra el narco para atender un caso de abandono de cadáver muerto de muerte natural… ¿Ya ve? Mejor me esfumo. 
- ¿Qué le dicen en la PGR? 
- A ellos les vale, yo soy de la local.  Lo último ¿Le gusta eso de las computadoras? No que si le sabe, le pregunto que si le gustan. 
- Lo acompaño a la puerta Teniente.  Mi nombre es Isabel, y también lo último ¿Va en serio lo de que sólo un pariente evitará que el cuerpo vaya a la fosa común?
- Dos o tres sería mejor. – Cuando abrí la puerta la frase perdió fuerza al recibir el humo también dirigido a neutralizar aquel aliento sin lavar que acompaña a no pocos fumadores pasivos.  Y más aún cuando le atravesaron el paquete con los riñones mientras salía.
- Si le hace falta más, señora Isabel, le consigo, riñones nos sobran por aquí.


Capítulos XII al XIV




XII
Torralba no me quitaría el hambre ni rompería el ritual por na’nadita.  Me faltaban cosas pero no imaginación, al jengibre nudoso y fresco lo sustituí con seco y en polvo; vodka con ramita al vino de arroz; harina de trigo a la de maíz; agua al caldo de pollo, y finalmente mi sartén viejo al wok.  En minutos quedó listo y al paladearlo me relajé.  ¡Delicioso! De poca el platillo ¡Poca madre! Poca madre la de Genaro, pero la jodida reglamentación contra los fiambres sin familia, esa sí que nunca tuvo madre, madrastra sí, una ley que todavía no leo.  Esto, y los riñones agrios acabaron por enchilarme en serio.
Como primerísimo paso para resolver la ausencia de parientes prendí mi compu; mis excitadas papilas gozaban el humo mientras se instalaba el sistema operativo; localicé al dispositivo de memoria ambulante tatuado Kingston que más que nunca sabía a jamaica sin azúcar; destapé y aproveché el diseño hembra-macho para evitar piezas sueltas, y finalmente lo introduje en una de las entradas USB.  Le repiqué al letrerito MI PC en busca de la presencia suave del duro K.  Mi niña, mi compu, pronto tendría un nombre tan o más bello que Teófila.  No me podía permitir que se llamara Militar Intelligence  Partido Calderonista, ni la que se estaba imponiendo como candidata única ¡Bovary! preferible…Mi Pinche Criatura.  ¡Horror! mejor me lo dejé de tarea.
Seleccioné al Kingston para ver los archivos.  ¡Qué lindo! Genaro llamó MASAJES DE ULTRATUMBA al folder general con un humor antiChateaubriand que no le conocía. ¡Me encantó! Empero me desconcertó su coqueteo junto a un mensaje presumiblemente acusatorio o revelador.  Al mirar dentro de éste aparecieron muchos foldercitos, de golpe no supe cuántos, cada uno con su título propio.  Me bastó posicionar el cursor en algunos de los archivos punto wma para confirmar que en efecto eran un buen de horas las que habría que dedicar a la escucha, al entendimiento, y ¡Ojalá! al paladeo. El viejito cachondo llevaba un buen, pero un buen, de memoria grabada. Supongo que la intención de Genaro era que yo las escuchara ¡Qué güeva!   
Por practicar tanto las buenas prácticas guardaba ya, irreflexivamente, MASAJES DE ULTRATUMBA en Mi música /2011 cuando me detuve en seco, ahora sí de manera consciente, para preguntarme si realmente quería dejar dentro de la compu constancia de todo el asunto.  Acabé prefiriendo conservar el archivo de Genaro en el desabrido dulcecito de almacenamiento masivo, a pesar de que otra buena práctica bien conocida es usar estos dispositivos sólo con fines de transferir información.
Me estaba protegiendo. ¿Pero, de quién? ¿Del poli sin uniforme? ¿Acaso Genaro no murió de pinche viejo? ¡Claro que sí! No quiero que vayan a creer que se suicidó. Ni solo ni socorrido por doña Eutanasia.  Tenía que saciar mi curiosidad y empecé seleccionando el archivo La llamada.  Tenía que probar escuchar la voz de Genaro, y probé:
…la comunicación quedó interrumpida.  Al otro lado de la línea él había colgado dejándome con la mirada clavada en la pared vacía.  Traté de colocar el inalámbrico sobre el cargador eléctrico pero después de varios intentos lo abandoné a su suerte.  En esta simple conversación telefónica acababa de comprometerme a escuchar de boca de un desconocido todas sus confidencias, compromiso que me sumergió en un mar de oleajes sentimentales encontrados.
¡Por supuesto! Para voces rasposas acompañadas de flujo disneico la de Genaro.  Se me hizo evidente que no era el primer archivo, o de que, siéndolo, la grabación no se había realizado de manera correcta.  Por lo pronto la manera de narrar no mostraba una urgencia inminente.  Me parecía mucho más un regalo íntimo, confidencial.  Me propuse discernirlo sobre el relato mismo.   
Al principio pensé que se trataba de la continuación, aunque más sofisticada, de aquellas llamadas anónimas donde me calificaban de ateo, judas, y rabo verde con la intención de insultarme y joderme la vida.  Después se me ocurrió que era una rebuscada especie de fraude; aunque de haber sido cierta devendría en fallida, dada mi precaria situación financiera.  No, esta llamada no quería dinero.  Como cuando se rechaza toda la hacienda a cambio del caballo negro azabache, esta llamada me quería sólo a mí.  Y no es que me asuste con cualquier cosa, pues a mis años ya muy poquitas culebras me espantan, y casi ningún pecado me da envidia.  Pero, en qué cabeza cabe empecinarse o inmiscuirse en la apacible cotidianidad de un anciano paralítico, esté desesperado o no, para dizque liberar su alma de un peso enorme.  Sin dar su nombre, empezó de lleno con eso de que yo era el único que podía ayudarle; que toda la molestia sería por teléfono; y que nunca ¡Fíjate en esto! nunca me habría de importunar con su presencia.  Lo que convierte en extraordinario a este peculiar episodio de mi vida es que duró siglos y benditos días.  No podrás dejar de calificarlo, junto conmigo, al menos de inusual.  Me llamaba de manera irregular sin seguir patrón alguno como ocultando que lo hacía adrede.  Date cuenta lo que me jodía el tener que soportar la torturante repetición de la misma historia, una y otra vez, repetición muy justificada, según él, por la necesidad de que me quedara bien claro.  Lo que te pido es que ponderes mi situación. 
Y lo hice. Ponderé, y coincidí con él en que, por lo menos, no era usual que… Un extraño lo hubiese escogido como confidente telefónico.  Pero, ¿Por qué a él? ¿Quién era él?
…Un decrépito antisocial que lleva años alejado de la vida mundana.
Su respuesta se adelantó desde la bocina ¿Por esto o a pesar de esto lo escoge? ¿Cómo fue que terminó seleccionándolo a él? ¿Entre quiénes? ¿Entre cuántos?  Me precipitaba.  Preferí escuchar.   
La verdad es que mi vanidad empezó a verse rejuvenecida, desempolvada. Reconozco que me gustó. Analízalo desde tu perspectiva a ver qué piensas, o ponte en mi lugar con sinceridad y tú misma decide.  Desde el principio, algo en la voz del extraño me resultó tan familiar como el sabor de la pitaya que no se me olvida a pesar de los años.  Cuando finalmente recordé haberlo conocido en Taxco siguió siendo casi un completo extraño para mí porque ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Treinta años? ¡Treinta años! ¿Cómo me había encontrado? En cualquier caso ¿Quién se creía él que era, que se permitía usar aquel tono imperativo conmigo como si fuésemos amigos de toda la vida, y no simples conocidos de pueblo? ¿Qué oscuro derecho le permitía imponerme su voluntad? Y sin embargo no dejó de suplicar y lloriquear para que lo escuchara.
“Cuando finalmente recordé haberlo conocido en Taxco…”  ¡Haberlo dicho desde el primer momento! Un fantasma surgía de su pasado invitándolo a jugar al teléfono descompuesto.  Se pregunta o me pregunta ¿Con qué derecho? Con el que imponen las conocencias, mi querido Genaro ¿Qué tanto derecho? ¿Qué tan oscuro? ya me lo contará.  Por lo pronto, mi amor viejito se me hizo un majadero bien hecho.  ¡Vaya modales para con un antiguo “conocido de pueblo”!   




























XIII
¡Asiste hoy domingo a la segunda concentración del novenario contestatario por la muerte de Genaro G.G! Sus amigos, allegados, y vecinos quienes lo velábamos en privado y en su propia casa el pasado viernes 25 de… sufrimos el despojo del cuerpo del amigo entrañable por parte de las autoridades federales con el autoritario pretexto de la ausencia de parientes.  ¡Ciudadano! el velorio recalentado y pacífico continúa enfrente de la pésimamente administrada morgue.  ¡Reclama junto con todos el cuerpo de Genaro! ¡Ejerce el derecho universal a la fraternidad! Grita ¡No! a la fosa común y corriente ¡Sí a la sepultura comunal! ¡Todos somos parientes!  ¡Respeto a nuestro muertito y a nuestro duelo! Reclamamos  Los Dolientes.   
Los olores de la minimarisquería retorciéndose en el aire retaron a los provenientes de los chiles rellenos.  A media cuadra se enroscaron y sus turbulencias cómplices entraron por mis ventanas invadiendo todo espacio no saturado por los hedores hogareños de tres días sin limpieza.  Encendí un cigarrillo.  La Hermy se alejó ladrando, censurando.   Lo consumí un poquito más allá del placer. 
Y a mí me consumía pensar que al paso de los días los burócratas de la morgue no aguantarían más, que el apoyo presencial y moral de parte de Los dolientes iría perdiendo fuerza hasta extinguirse.  Tenía que encontrar, pero ya, alguna rama no demasiado seca de su árbol familiar.  Quería lanzarme a Taxco pero sería loco sin antes conocer lo que tenía que decirme.  El ladrido particular de exigencia se adelantó para recordarme que debía preparar su comida, que seguía posponiendo la disculpa a mis vecinos, y que la lucha sorda contra la delegación se perdería si no tomaba medidas urgentes. No era difícil adivinar que el archivo siguiente me llevaría a Taxco para darme a conocer al personaje.  El nombre Esperanza no estaba mal para avanzar y darme ánimos.  Nuevamente la voz de ultratumba me envolvió:
…Fue Roberto, el fraile dominico, quien me presentó a Sebastián cuando éste no cumplía aún los veinte como estudiante universitario de química, con el comentario adicional de que “No fue fácil, pero cayó en mis redes filosóficas hace dos años”.  La deferencia y el respeto con la que Roberto trataba al muchacho hicieron que me fijara especialmente en él.   Perdona pero debo decir algunas palabras sobre mi querido Roberto.  Siempre lo rodeaba cantidad de gente.  Unos porque era teólogo; otros, como Sebastián, porque era profesor de filosofía de la ciencia; los más buscaban al perturbador de buenas conciencias que había en él.  Me arrepentí muchísimo de no haber gozado más la convivencia con Roberto en Taxco.  Lo tuve tan cerca.  Murió poquitos años después.  En el setenta parece ser.  Pero no creas, me tocó la suerte de que compartiese conmigo todo tipo de reflexiones desde las más profundas hasta las más mundanas.  Trató, incasable, de persuadirme a salir de lo que él llamaba mi ateísmo primitivo, aunque parecía disfrutar mucho más mi obstinación que la esperanza de mi regreso al rebaño.  No sólo era yo, pasaba algo similar en la relación mantenida con gran parte de sus conocidos.  Durante su estancia me presentó con gente que a pesar de llevar muchos años residiendo en Taxco jamás había acudido a mí, no digamos los visitantes regulares que, como Sebastián, no tenían ningún interés de tipo religioso.
Paré la grabación y la retrocedí unos segundos para escucharla de nuevo ¡Vaya sorpresa! ¿Quién era mi querido Genaro?  "…la esperanza de mi regreso al rebaño”  Suelta, así nada más, la frase era aplicable a cualquiera, incluyendo a los "ateos primitivos”, pero otra cosa muy distinta resultaba al ligarla con los siguientes comentarios de Genaro: “…con gente que…jamás había acudido a mí…” cerrando con eso de “…no tenían ningún interés de tipo religioso.”  Mi abuelo consentido me estaba resultando tener un pasado muy pasado ¡Guau! ¡Qué grueso! ¿Y todos sabían que había sido una especie de religioso menos yo? Me resultó el peor de todos.
Cuando estimaba inminente la necesidad de presentarme con alguno de sus conocidos se daba el tiempo para platicarme  montones de detalles con la intención, decía él, de que lo dicho durante el encuentro no me confundiera.   Como ya te imaginarás, las más de las veces la información previa resultaba en un lujo inútil puesto que dichos encuentros eran siempre casuales y ricos en discusiones de toda índole.  Decía que mantenerme al tanto de lo que sucedía en las vidas ajenas enriquecería la mía sin importar que las volviese a ver o no.  Valdría la pena relatarte mi experiencia como invitado a la casa del fotógrafo George Silverwood, puesto que la relevancia de lo vivido y escuchado en ese entonces fue tal que cuarenta y tantos años después no ha perdido su valor y acabó permitiéndome relacionar a mi acosador telefónico con aquel joven universitario.  - Veo, George, que tenéis nuevas máscaras en vuestra extraordinaria colección, te felicito.  La estáis enriqueciendo y diversificando muchísimo con la rareza y originalidad de algunas de ellas.  Comentaría Fray Roberto al apreciar la gran variedad de máscaras precolombinas que llenaban todos los sitios posibles de la casa del joven inglés en cuyo blanquísimo rostro se reflejaba el gran orgullo que le causaba escuchar estos elogiosos comentarios y más viniendo de una persona tan honorable como lo era Beto, mi muy distinguido y en aquel entonces hermano en Cristo.
De un jalón puse a dormir al disco duro para recuperar la ecuanimidad.  Ahora quedaba claro que el religioso era un hermano en Cristo de un fraile dominico.  Mi ignorancia en estos asuntos me impidió declarar abiertamente que Genaro me había ocultado haber sido un…sacerdote católico, pero ¿qué más podría ser el hermano en Cristo de un fraile? La onda de que había sido cura disminuía la posibilidad de descendientes ¿o, no? Ya lo llevaría al plano de las certezas más tarde, por ahora retomé la grabación.
- Sí, pero por falta de espacio y dinero tengo que mezclarlas con mi otro hobby, la fotografía black and white.
El joven Sebastián se incorporó a la conversación sin acabar de formular bien la pregunta – “George, pero ¿Por qué el único tema es…?” – “…about industrial machinery?” completó terciando la pequeña y rubia Shona, compañera del fotógrafo.  El universitario le agradeció con la mirada y se retrajo a contemplar el contraste entre las docenas de cortezas talladas y decoradas por grandes artistas indígenas y las pulcras y sobrias fotografías bajo contrato que la pujante sensibilidad artística de aquel jipy inglés de Yorkshire, irremediablemente, transformaba en arte.  Esta contemplación se vio invadida por sus ejercicios mentales que deberían reafirmar su iniciación a la dialéctica materialista.  - ¿Qué contradicción dialéctica será la que corroe las entrañas creativas de George? - Se preguntaba en voz alta un recuperado y revanchista Sebastián con la intención de involucrar a todos los presentes, e iniciar uno más de los seminarios espontáneos que tanto atraían al grupo. – Hagan sus apuestas ¿El tótem o la máquina? ¿La madera o el hierro? ¿Sobrevivirá la imaginación primitiva para tragarse a lo industrial utilitario? No pude dejar de confrontar mis recuerdos con lo que en su momento Sebastián quiso compartir conmigo sobre su adolescencia. Él comentaba que a pesar de lo intrincadas que eran las discusiones, en su interior se libraban batallas más cruentas, pensaba: “Y, para acabarla de chingar, tengo que llevar una doble vida.  Venir al pueblo de Taxco en calidad de intelectual jipioso, resaltando ser, aunque no lo sea, un católico sofisticado.  Lo que me apasiona es estudiar con el marcaje en corto de Fray Roberto los secretos del Principio de Incertidumbre de Heisenberg, su relación con las teorías de la materia continua y la corpuscular.  Y, en otro cuaderno, de doble raya, historia y filosofía de la corriente Ho-Chi-Min, de cómo el pueblo Vietnamita había combatido y vencido a todos sus colonizadores durante cientos de años, y que los cien mil gringos invasores valdrían para pura madre.”  Shona servía y recogía, silenciosa, las tazas de té de Ceilán sin dejar de intercambiar cómplices miradas con Sebastián.  La complicidad que compartían tenía como corazón el apoyo a la activa correspondencia epistolar mantenida entre algunas corrientes del movimiento independentista irlandés en perfil bajo desde el acuerdo de paz del sesenta y dos con las corrientes más lúcidas del espartaquismo mexicano, pasando por los de Oposición Sindical Obrera; eran discusiones de planteamientos encontrados del marxismo mundial tan llenos de dogmatismo como de innovación y esperanza utópica, de verdades y ensoñaciones sobre el antiautoritarismo libertario, la guerra de masas, así como el gran ejemplo inspirador del Che junto a los errores estratégicos del foquísmo, pero lo que interesaba más era aprender de cerca las experiencias de la Asociación Cívica Guerrerense y el Consejo de Autodefensa del Pueblo que participaron en el derrocamiento del criminal represor Gobernador Caballero Aburto en 1960.  En todos los demás aspectos, Shona era la compañera absoluta de George, quien de manera espontánea propiciaba que aquella buhardilla, situada arriba de su tienda de artesanía mesoamericana, de las callejuelas altas de Taxco, estuviese día y noche recibiendo y atendiendo clientes y amigos.  Por la mezcla estoy seguro de que ahí se hablaba tanto Náhuatl como Francés, se discutía tanto de los atributos del Cristo Cósmico y del Punto Omega del jesuita geólogo Pierre Teilhard de Chardin, como de la calidad de la plata de alguna joya, saltándose a la que se debía usar para lograr esos acabados en los negativos fotográficos.  Se charlaba mucho de l’Amour sacré et l’Amour profane.  Pero, más que nada, se amaba a los compañeros, a los pueblos del mundo y, en ocasiones, a insistencia de Roberto, el fraile dominico, mi hermano querido, se llegaba a amar al enemigo de clase. 
¡Basta! ¿Qué es esto? ¡Qué pinche pérdida de tiempo! Grité para mis adentros, y aunque hubiera gritado para afuera nadie escucharía.  A cambio puse al buscador a presentarme sitios de la terminal sur de camiones foráneos.  Pero no resultó tan fácil, unos daban mapas, otros información de a qué poblaciones viajaban y qué líneas pero sin horarios ni reservaciones, la red de boletaje no tenía conexión con Internet, y yo emputándome cada vez más.  Me iría por la línea dos del metro y tomaría el que fuera.  Hice un intento con los hoteles en Taxco y cambié de opinión por los precios, también lo resolvería al llegar.
Me crucé la calle para pedirle a mi vecino favorito se hiciera cargo de la alimentación de Hermila por máximo tres días.  Una vez resuelto esto, hablé para saber cómo iban Los Dolientes y la respuesta fue  «rolándose, con dolores, pero rolándose».  Le eché una ojeada a los periódicos en línea, y ninguna mención.  Todo hablaba de que los narcos iban perdiendo la batalla.  Me consolé con el hecho de que no se mencionara tampoco nada sobre las manifestaciones de dos y medio millones de franceses en contra de las políticas de Sarkó, ni cómo le estaba yendo al gobierno maoísta democráticamente electo en Nepal.   Empaqué al estilo europeo de la posguerra; chequé bien la estufa; saqué del refri lo más biodegradable, y me hice un itacate; cerré la llave de entrada de agua, e incorporé al equipaje, dos de mis libros, y a la hija de Teofila, que creo terminaré llamándola Isolda.  Fui dejando recados regados por todo Sani: Todo lo del depar, excepto  Hermy, a mi casera; por no dejar hablé con los pumas lectores que querían el autogobierno para cada carretón de libros-ya-leidos; El Rey Sol, alias Luis Xicoténcatl Ibarra Váez, se encargaría de estar a las vivas por si Torralba regresaba; los tacos cocher quedaron pagados, no así los riñones para no mal acostumbrar a mi acreedor; le pedí a la chavita que organiza las llegadas y salidas de las micros Tacuba conseguir gente para hacerle el paro a Los Dolientes. Antes de empezar a cruzar el parque se me atravesó un convoy como de cinco o seis camiones repletos de basura ya clasificada, ordenada, y reempacada, que me recordó habría que tomarlos en cuenta en momentos verdaderamente críticos.  De reojo desprecié el Sangrons junto con las toallitas que vendían ahí a precio de toalla robada en hotel de cinco estrellas, ya las compraría en el camino. Ya en Palmas, saqué algo de lana de uno de los bancos de los cuales soy víctima no pasiva.  Pedí prestado un celular para mandar un caluroso mensaje a la Delegación Miguel Hidalgo sobre la irreparable coladera.  Mentí puesto que esta vez no había olvidado mi cel.  Ya con la conciencia medio descargada me lancé por la ruta Palmas – Auditorio – Tacubaya – Chabacano (al subirme al vagón una sordomuda me entregó, con más insistencia de la acostumbrada, uno de esos papelitos rositas donde leí: Al llegar pídele al bolero tu pensión alimenticia) – Taxqueña, y de aquí a pescar cualquiera de los foráneos a Taxco, Guerrero.













XIV
Sentí ganas de repetir aquel viaje que junto con mi madre nos echamos hace mil años.  De manera inesperada recorrimos no sé cuántos pueblitos del Estado de Morelos a bordo de un Flecha Roja.  Todo por tomar el primer autobús que salía para Chilpancingo sin verificar la ruta y las estaciones con parada obligatoria.  La cosa fue que nos chupamos todo el día deteniéndonos en cada pueblo, lo que se justificó plenamente dado que en todas y cada una bajaba y subía  gente, además de que se tenía que cargar disel y conforme avanzaba el día se iba haciendo indispensable detenerse a estirar las piernas, ir al baño, comprábamos a través de la ventanilla toda clase de comida lugareña.  No sé en aquel entonces, pero ahora me era imposible dejar de asociar a toda esa gente con Rubén Jaramillo, su terca lucha armada en su inicio, su apuesta por creerle a las palabras con panocha envenenada de López Mateos, sentí en mis entrañas la muerte de los niños de aquél y de la preñada esposa.  Terrible confirmación del asesinato de Emiliano Zapata.  De momento sentí babas somnolientas escurriendo por la comisura de mis labios, eran producto de la realidad de la noche, que se entrecruzaba con mis fantasmas. 
Ya en el andén de Taxco, aspiré el humo de mi cigarrillo para neutralizar el olor de la mezcla de, si es que esto es posible, disel quemado con aire fresco nocturnal.  Siempre que me enfrento a estos dilemas, lo resuelvo inclinándome a favor de mis percepciones, casi sin voltear a ver si hace sentido, o no.  Como la imagen que presencié segundos después del cambio de luces empolvadas.  Decidí que la sala era mucho más pequeña de lo que la ausencia de gente hacía parecer. A la mitad de ésta se encontraba un bolerito sentado en su cajón.  Al verme se levantó de inmediato y caminó orgulloso hacia mí.
-Si viene porque le gusta Taxco, y es amiga del muertito, arroje hacia mí una moneda de lo que sea. –Me dijo deteniéndose a no más de un metro de donde yo me encontraba, y sonriendo esperó mi reacción.  Le lancé una de a diez pesos, pidiéndole mi pensión alimenticia, que si entendí bien era la contraseña.  La sonrisa de mi contacto se amplió y respondió - ¡Sígame!
 En la calle lo perdí de vista al tiempo que me tomaba de la mano una niña de unos diez u once años.
-¿A dónde vamos?
-A una pensión, pero no es para turistas.
La pensión resultó ser una vieja casita de esas que las van construyendo según se vaya pudiendo.  Me pareció un pequeño y  apretado laberinto donde la familia y los esporádicos huéspedes compartían los encuentros.  Madre e hijo, ambos de bellos rasgos asimétricos color cafécaféconleche, retiraron la tranca para mí. Con gestos muy similares, siempre sonrientes, me dieron a escoger entre dos recámaras, mas desaconsejaban una más que otra.  Entregaron llave para cerrar por dentro y un cabito de vela para la oscuridad.  Un extraño olor a negrura abrazó mi fragilidad apenas se abrió la puerta de aquel cuarto.  En cosa de nada lo imitaron, echándome montón, aromas de adobe viejo embarrado con especias y chiles secos.  Lo denso se dejaba dócilmente cortar por la flama que apenas chispeaba un tronidito verde aquí, otro allá.  Fascinada empero, avancé.  Penumbras sugirieron la mesita, y sobre de ésta, un plato donde coloqué el cabito que iluminó apenas un poco mejor.  Acurruqué mi mochila en la silla.  Adiviné la cama.  Dando un giro me dejé ir de espalda para que el último requiebro de la flama me mostrase las vigas del techo.  Sonreí al descubrir que una araña las protegía moviendo granos de arena de un lado a otro de su tela sedosa que envolvía un escarabajo coleccionista. La araña no tenía nombre, el coleóptero tampoco, algo de la arena caía sin remedio.  Me dormí.  Los golpecitos en la puerta me despertaron.    
- No le echó llave.  Le traigo la extensión para que se conecte al circuito que sí aguanta el cargador de su computadora.- Era una voz que invitaba a perdonarle casi todo, y olvidar cualquier cerradura, pero estos meses estaba hecha una facha y él no merecía trivialidades, cerré pues los ojos y lo dejé pasar.  Más bien, lo dejé escapar.  
- ¿Y lo de Internet?
- Ah, sí.  No, es que apenas y van a dar las dos, por lo que eso si será hasta bien entrada la mañana cuando el cuate del cibercafé nos pase la clave.  Se necesitará darle algo para sus refrescos.
Para probar las conexiones, más que por cualquier otra cosa, retomé la grabación.
Debo comentarte que Sebastián veía en la chica Irlandesa  una amistad simple y directa separada por saludables distancias.  Además del placer erótico compartido con Shona la fantasía garantizaba tranquilidad, estabilidad, liviandad.  Sería el contrapeso a la truculenta relación que mantenía con las hijas del corrupto líder sindical.
Le piqué a la pausa para darme tiempo.  Tiempo para reafirmar y reconcentrarme.  Mi cachondería no tenía límites.  Ir en pos de cualquier chisme jodería todo ¿Qué me importaba saber de cuál líder charro hablaba? En los sesentas había un chingo. Los personajes secundarios y preparatorianos del relato de Genaro eran una trampa de arena a la japonesa ¿Y la araña de los entramados? No se dejaba ver, pero de que andaba por ahí tejiendo, andaba.
De regreso al mundo de Genaro la reunión en la buhardilla Silverwood concluía. Y volvía a concluir. Confundida decidí escucharlo de nuevo. No entendía nada. Cabeceaba montada en un carrusel de vértigo más y más dormida.
Me despertó el maravilloso canto de un gallo ¡Qué delicia! Los gallos de San Isidro ya no madrugan, sentencié para mí encendiendo el primer cigarrillo en horas.  Eran las cinco y doce de la mañana del lunes.  Me escurrí a las afueras de la pensión, aspiré aire y humo hermanados antes de incorporarme al hacendoso caminar de los que ya trajinaban.  Anduve entre callejuelas que componen los bajos de Taxco pescando nuevos aromas, imágenes viejas, sensaciones eternas y sosegadas.  En una esquina me salió al paso la hermosa cabeza de un burro, dejé pasar al burro completo que cargaba a un chamaco y dos grandes picheles de leche bronca.  Fueron mis guías hasta que me rindió la pendiente y la velocidad con la que trepaba el jumento.  Pronto apareció un trío de niños en duelo abierto contra la invisible fuerza de la gravedad.  Cómplice de ésta, la necia pelota se reencontraba con ellos como bumerang rodante, para nuevamente ser pateada calle arriba.  Los seguí un rato sabedora del resultado.  Asimismo mis sueños persiguieron a los intrépidos zanates.  Poco a poco, el eco del vuelo de ambas parvadas encontró la forma de canturrear lo que nunca le entendí a Genaro.